Historia de un gigoló (Parte I)

Yo soy un gigoló. Mi trabajo es hacer felices a las mujeres. Y puedo aseguraros que lo consigo.

Yo soy un gigoló. Mi trabajo es hacer felices a las mujeres. Y puedo aseguraros que lo consigo.

Mi éxito radica en mi filosofía amatoria. No soy del tipo Don Juan que “goza de las mujeres”, que es sexual y que las utiliza y se deshace de ellas cuando no puede obtener más provecho; sino que soy más como un Casanova; yo “gozo con las mujeres”, soy sensual y disfruto el erotismo con ellas y siempre consigo dejar un bello recuerdo que permanece en ellas a través del tiempo y siempre les causará una emoción de nostalgia y dulzura.

Descubrí mis aptitudes un poco tarde. A los 30 años ya había tenido una buena cantidad de novias; pero nunca había caído en cuenta del efecto que causaba en ellas.

Hubo un momento de mi vida en que me reencontré con varias de mis ex y me asombré al saber que chicas a las que no veía en muchos años aún sentían una fuerte emoción al verme; todas me decían que nunca habían podido olvidarme y que, por el contrario, me recordaban casi a diario, a pesar de que ya habían tenido otras parejas y del tiempo pasado sin saber el uno del otro. En ese momento descubrí el poder que ejercía sobre las mujeres y del cual era casi inconsciente.

 Desde ese momento decidí sacar provecho de mis cualidades y comencé a desarrollar y perfeccionar técnicas de conquista. Me hice de unas buenas amigas y empecé a frecuentar clubes en Marbella, Ibiza, Benidorm, Madrid y Barcelona. Cuando estuve listo me dispuse a seleccionar las que serían mis principales clientes y las que me harían escalar los más altos peldaños de la sociedad que quería conquistar.

Mi primera cliente fue la directora de una reconocida revista de farándula. A ella la conocí en un club en Madrid. La revista celebraba su aniversario y yo fui a la fiesta con un amigo que trataba directamente con ella. Nos presentaron y yo lo que hice fue hacerla hablar de la revista. Ella estaba muy orgullosa de su trabajo; así que fue fácil conseguir que se explayara. Hablamos durante horas; prácticamente dedicó la noche a conversar conmigo. Al despedirnos me dio su tarjeta y me pidió que no dejara de llamarle. La llamé una semana después de aquella noche y se alegró mucho con mi llamada. Me dijo que por casualidad iría a Barcelona a un evento especial y que le encantaría que yo la acompañara. Por supuesto acepté y así comenzó mi recorrido por las altas esferas de la sociedad.

Mi amiga, la directora, fue muy especial conmigo; me presentó a mucha gente y me llevó a todos lados a acompañarla. La primera noche que estuvimos en el evento se pasó un poco de tragos y quiso irse temprano a la habitación. Me pidió que la acompañara y nos fuimos. En realidad no estaba tan borracha; lo que le pasaba era que tenía muchas ganas de follar conmigo.

 Al llegar a la habitación se lanzó sobre mi y nos caímos sobre la cama. Nos reímos y ella me pidió que esperara que fuera al baño. No sabía yo que iba a hacer; pero tardó un poco. Me puse a ver la tele y ella salió duchada y perfumada, vestida con una lencería muy sexy. La verdad es que la mujer estaba muy bien a su edad y yo me llevé una grata sorpresa.

Ella quería jugar y que yo fuera su juguete. Por ser la primera vez, acepté. Me pidió que me quitara la ropa y me quedara en calzoncillos. Lo hice. Luego me dijo que me acostara boca bajo. Ella sacó algo de una de sus maletas y se sentó en mi espalda. No sabía que tenía en sus manos; pero pronto lo supe. Oí como encendía un mechero y supuse que encendería unas velas. Vi en las paredes como la luz del mechero se dividía en dos para encender una vela y luego ella tiró el mechero. Pronto supe que la vela no era para iluminar el escenario sino para derretir la cera y que cayera en mi espalda.

Dejó caer unas gotas y cuando vio mi reacción me hizo un sonido con la boca para que hiciera silencio y me pidió que aguantara y me tranquilizara. Luego fue derramando gotas de cera caliente por toda mi espalda y me acercaba la vela para que calentara mi piel sin quemarme. Alternaba estos estímulos de dolor con besos y caricias y cuando me relajaba volvía echarme otro chorro de vela derretida. No puedo negar que el dolor era estimulante. Cuando sentía mi piel arder, yo apretaba mis puños y contenía el grito. Ella me quitó el calzoncillo, metió uno de sus dedos en mi culo y empezó a estimularme el ano; se bajó de mi espalda y finalmente volteo la vela sobre una de mis nalgas y la apagó pegándomela de la piel.

 

 

Yo grité; pero estaba muy excitado; tenía una erección impresionante. Me voltee con la mirada encendida, la tomé por el pelo y me comí su boca. Ella se encendió, gimió y comenzó a hiperventilar. Yo bajé mi cara a comerle las tetas desesperadamente y le arranqué la lencería; literalmente se la rompí encima. Ella me dijo: “así me gusta mi tigre…devórame” y yo me quité el calzoncillo de un tirón y le clavé mi polla con tanta fuerza que ella gritó. La miré a los ojos y la vi sonreir. Me puse encima de ella y le arremetí con tanta fuerza que a mi mismo me dolían las caderas con cada golpe. Ella empezó a gemir y yo me movía más rápido. Ella gritaba de placer y yo respiraba muy fuerte. De repente comenzamos a gemir los dos y a gritar y explotamos en un orgasmo simultáneo espectacular.

Quedamos rendidos en la cama y dormimos. Lo que pasó después de eso lo contaré en una segunda parte.

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