Sexo con mi ginecólogo

Pobres los ginecólogos; que trabajan donde otro se divierte.

Pues yo dejé que el mio mezclara su trabajo con placer. Esta es mi anécdota.

Llamé por teléfono a su consultorio y concerté una cita.

El primer día que fui a consulta me sorprendió lo joven y guapo que era. Me trató muy profesionalmente durante la consulta. Me preguntó que si me masturbaba. Me pareció una pregunta extraña; pero respondí sinceramente que si. Le pareció bien mi respuesta. Ya al final; cuando estaba despidiéndome, le comenté que había venido por referencia de mi amiga y la conversación se relajó un poco. No pudimos hablar mucho porque había otros pacientes esperando; pero quedaron pendientes para otra consulta los resultados de unos exámenes.

Aunque no pasó nada, salí de la consulta con una sensación de placer que no me explicaba. ¡Él solo era mi ginecólogo! Pero sentí que al tocarme despertaba un deseo sexual que me dejó perturbada hasta mi siguiente cita.

Para mi segunda consulta llegué al consultorio y era la última de la lista. Tuve que esperar un rato y, al llegar mi turno, su secretaria me anunció que podía pasar. Al entrar me sonrió muy afablemente y pude percibir en él un ánimo de picardía un poco extraño.

Salió y le dijo a su secretaria que podía irse y volvió a entrar. Con su actitud parca me pidió que me pusiera cómoda. Buscó los resultados y me hizo sus comentarios.

Yo no encontraba como romper el hielo. De repente hice ese comentario gracioso con el que comienza este escrito y le hizo mucha gracia. El me respondió: “a veces quisiera llevarme el trabajo a casa”. Debe haber notado mi turbación con ese comentario; porque en ese momento se despertaron dentro de mi una serie de fantasías relacionadas con el lugar en el que nos encontrábamos. La camilla tan sugestiva; donde podía abrir mis piernas cómodamente y mantenerlas reposadas sobre las perneras. La cantidad de objetos para introducirlos en las partes íntimas y, sobre todo, un ginecólogo interesante con un instrumento capaz de perforar mi orificio vaginal y cambiar su diámetro normal.

Él recordó mi respuesta sobre mi práctica masturbatoria, y quiso saber más. Me preguntó cómo me masturbaba, en qué pensaba cuando lo hacia y cosas así.

En ese momento, yo misma sugerí probar la camilla. Le dije que me hacía gracia pensar en las caras que ponemos las mujeres al momento de ponernos abiertas de piernas para que nos examine el médico. Me senté y miré las perneras. Él se levantó y se colocó frente a mi y me dijo con voz seca, en actitud profesional: “acuéstese y abra las piernas”. Yo llevaba puesta una minifalda que, obviamente, le dejaría ver mis encantos, si hacía lo que me pedía.

No puedo negar que me resultaba muy excitante el momento y me atreví a seguir el juego. Como era de esperar quedé en una posición muy incitante y mi medico, ya más decidido, quiso hacerme una exploración a fondo.

Encendió la luz de la lámpara que usa para alumbrar su lugar de trabajo y me quitó la braga. Se acercó para tener una mejor perspectiva y comenzó a darme un tratamiento tópico con su lengua. Me corrí una vez y le pedí que explorara en profundidad. Me dijo: “para eso es necesario utilizar este instrumento” y sacó de entre su pantalón una herramienta que al verla supe que no entraría sin dolor.

 Yo, ahora convencida de querer una camilla como esa en mi casa, recibí el instrumento quirúrgico y estuve a punto de pedir que me anestesiara. Nunca había tenido una polla tan grande dentro de mi.

Mi ginecólogo me demostró que sabía trabajar con las mujeres no solo profesionalmente. Tuvimos un orgasmo simultáneo y quedó rendido sobre mi.

Después de mi tratamiento, me puse mi braga, arreglé mi falda y me despedí de mi doctor.

Supuse que vendría de nuevo. La experiencia con mi ginecólogo me resultó en una aventura muy excitante. Con él el sexo es saludable.

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